Haciendo un alto en las historias que contamos, vamos a reflexionar un poquito sobre un caso sonadísimo en las últimas semanas : el ampay de Magaly a Tenchy, el esposo de Sara Manrique, saliendo de un hotel con una trampa (a) "la gata". Creemos que la actuación de Sara ante la infidelidad de su esposo constituye un gran ejemplo del "amor serrano". Así, Sara se convierte en una de nuestras mejores exponentes de las chicas a las que le gusta "la goma". Cuanto más basurón sea el marido, mucho mejor.
La primera reacción de Sara no fue tan desatinada. Lloró y le dijo que cómo había sido capaz de engañarla mientras ella cambiaba pañales (recordemos que no hacía un mes que Sara acababa de dar a luz y solo había pasado año y medio de su matrimonio). Sin embargo, luego pasaba a atacar a Magaly por haber "armado" el ampay, aun cuando aclaraba que no podía tapar el sol con un dedo y era un hecho que Tenchy la había engañado y "nadie le había puesto una pistola para que entrara al telo".
Digamos que hasta ahí pasaba piola. Es decir, se mostraba molesta con el esposo por engañarla y reconocía que él tenía la responsabilidad, aun cuando claro, la culpa también la tenía Magaly por haber causado que Tenchy cayera en la tentación, y aún más, exhibir la infidelidad a todo el mundo sin pensar en el daño que le causaría.
Sin embargo, en la misma entrevista donde lloraba y le reclamaba a Tenchy, también dice "los hombre son débiles, pues". Aparte de que le hace un malísimo favor a los hombres, esta frase demuestra el machismo más supremo. O sea, como los hombres son débiles, pobrecitos pues, no pueden resistir la tentación, no piensan, no razonan, no eligen, son puro instinto, pues.
Lo peor no está en esa frase. Sara, luego de perdonar a su esposo ("por algo así, no voy a perder todo lo que he construido"), no solo se concentró en seguir atacando a Magaly queriendo demostrar que el ampay fue "armado", sino que, típico de las mujeres engañadas, atacó sin piedad a la amante, Lenith, (a) "la gata".
En el programa de Bayly, este último domingo, Sara no solo es full sonrisitas y perdon y amor para el esposo infiel (es más, se toma a la risa todas las bromitas relacionadas con la sacada de vuelta, "Tenchy es polifuncional", ja ja) , sino que es puro ataque y odio hacia la amante. Ante las preguntas cachosas de Bayly (quien, aun cuando se quiso hacer pasar por super liberal diciendo que la infidelidad no deberia ser un pecado y que Sara fue muy sabia al perdonarlo, igual la lornea de lo lindo) sobre los detalles del engaño, Sara responde lo siguiente:
1. A la trampa no la conocía ni en pelea de perros. Pero en el mundo de las vedettes, parece que la mejor manera de ningunear a alguien es decir "no sale ni en las malcriadas del Trome". O sea, no se puede comparar a mí de ninguna manera. Para agregarle más cochinadita al ninguneo de la "gata", Sara dice que todas las mujeres merecen respeto aun cuando trabajen en "night clubs" (qué insinúa?), y que hay que preguntarle a "todos los futbolistas que han salido con ella" si es rubia de verdad. ¡Chesu! ¿no le dará miedo ahora acostarse con Tenchy?
2. A la trampa la llevan a telos de medio pelo, a mí me llevan a otros lugares, ¡¡por favor!! No sé qué tanto orgullo puede dar que el esposo a la trampa la lleva a telos baratitos mientras que a la firme a lugares más chéveres. Además, como dice Bayly, en los telos misios se goza más, ¡ja! y además, ¡¡Tenchy estuvo ahí con "la gata" 7 horas!!
3. Todo esto pasó porque estaba embarazada y el pobre Tenchy no pudo resistir (¡¡plop!!). O sea, ya saben, cuando están embarazadas, está justificado que te saquen la vuelta. Es más, Sara redondea su gran frase de la entrevista anterior (los hombres son débiles) completándola con "el hombre es un animal, ¡tiene necesidades! es la gran conclusión que he sacado"
4. La trampa maldita me debe pedir disculpas por todo el daño que me ha causado. "Yo solo perdono a mi esposo porque lo amo, y estamos felices con nuestra hija, y nuestro matrimonio es lo más importante"
Entonces, en conclusión, el esposo no tiene la culpa de nada, pobrecito, le armaron el ampay, tiene sus necesidades, compréndalo. La trampa, en cambio, es la mala de la historia, aparte de ser una nada, una resbalosa, ni siquiera pide disculpas. Sin embargo, en el fondo, al ningunar tanto a la trampa, se hacen poco favor a sí mismas, ya que si el esposo es un santito y nos quiere tanto, ¿cómo se pudo fijar en una mujer que no vale la pena? Además, ¿qué michi le debe explicaciones "la gata" a Sara? Acaso estaba casada con ella? El que debe dar explicaciones ahí es el marido, no la amante.
Con este post, no pretendemos dar una opinión sobre si Sara hizo bien en perdonar a Tenchy o no (ese tema es mucho más complejo). Lo que criticamos es que, como siempre, el hombre sale bien parado de todas sus basureadas porque la misma mujer lo justifica y lo premia. Este caso es peor aun porque el mismo Tenchy reconoce la infidelidad y pide perdón por ello, pero claro se pudo haber ahorrado las disculpas, Sara ya lo había perdonado apenas vio el ampay porque el hombre es débil, pues. Y como ya decíamos en nuestro primer post, esto del "amor serrano" se da en todas las mujeres, de cualquier condición social. ¿Hasta cuándo?
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jueves, 10 de abril de 2008
lunes, 3 de marzo de 2008
Yo soy la única
Paola había consagrado los últimos dos años de su vida a –casi literalmente- idolatrar a Enrique, su enamorado, quien parecía acostumbrado a recibir tanta veneración a cambio de muy poco. Por eso, el día que él terminó la relación que los unía, ella se sumió en una gran depresión de la que, poco a poco, se fue recuperando. No obstante, no habían pasado ni dos meses desde aquella terrible tarde del rompimiento y tampoco había pasado suficiente tiempo para que Paola se olvidara del tema totalmente, cuando le tocó presenciar en primera fila el romántico paseo de su ex novio con otra chica. Por supuesto, eso significó un retroceso inmenso en el bienestar emocional de Paola, ya que volvió a los llantos, los lamentos y los recuerdos de todos y cada uno de los momentos en que ella “lo había dado todo por él”.
Una vez que recobró fuerzas para salir a la calle, Paola se dio a la tarea de averiguar quién era la dichosa fulana que ahora gozaba de tan preciado individuo. Por esas casualidades de la vida, la muchacha en cuestión resultó ser amiga íntima de una vecina de Paola, de modo que sería relativamente sencillo estar al tanto de los hechos. Lo inesperado, sin embargo, fue que Enrique repentinamente fue reapareciendo en la vida de Paola, insistiéndole en volver, diciéndole que había pensado bien las cosas. Como era de esperarse, ella aceptó pronto y, otra vez, sintió que su vida estaba completa y que tenía al lado al hombre perfecto.
Con tal cambio en su situación amorosa y en su estado de ánimo, la interpretación de lo sucedido durante el tiempo de separación dio un giro sorprendente: la fulanita aquella, la amiguita de la vecina, había sido la causante de todas sus desgracias, tremenda resbalosa, infeliz regalada y mujercita de dos por medio. Habrase visto, igualada, ¿a quién se le puede ocurrir que Enrique, mi Enrique, se fuera a fijar en ella? ¿cómo pudo pensar que él se enamoraría de ella?
La profundidad de su razonamiento llevó a Paola a realizar lo que ella llamó “la dulce venganza”. Enterada de la fiesta de cumpleaños de la vecina ya mencionada, se apareció hecha una Miss Universo en la reunión, donde, por supuesto, ya se encontraba la señorita del conflicto. A Paola le bastaron unos minutos para introducir un nuevo tema de conversación, la última obra inaugurada por la empresa constructora donde trabaja Enrique, su novio, con todos sus apellidos, ese con el que tiene un tiempazo, ese que la adora como a nadie más en este mundo.
Y así, feliz de haber soltado la noticia de que ese gran hombre tenía dueña, de que esa dueña era ella y no otra, y de que él la había preferido a ella por encima de cualquier otra rufla, Paola se marchó de la fiesta con una sonrisa de oreja a oreja. Obvio, razones suficientes tenía para sentirse orgullosa de haber resultado la elegida para ser la que aguante a esa joyita. ¿O es que acaso hay que celebrar y sentirse realizada de ser “la firme” cuando está claro que hay “una trampa” (o más)? Tal vez el haber crecido rodeados de telenovelas mexicanas nos ha hecho creer que sí.
Una vez que recobró fuerzas para salir a la calle, Paola se dio a la tarea de averiguar quién era la dichosa fulana que ahora gozaba de tan preciado individuo. Por esas casualidades de la vida, la muchacha en cuestión resultó ser amiga íntima de una vecina de Paola, de modo que sería relativamente sencillo estar al tanto de los hechos. Lo inesperado, sin embargo, fue que Enrique repentinamente fue reapareciendo en la vida de Paola, insistiéndole en volver, diciéndole que había pensado bien las cosas. Como era de esperarse, ella aceptó pronto y, otra vez, sintió que su vida estaba completa y que tenía al lado al hombre perfecto.
Con tal cambio en su situación amorosa y en su estado de ánimo, la interpretación de lo sucedido durante el tiempo de separación dio un giro sorprendente: la fulanita aquella, la amiguita de la vecina, había sido la causante de todas sus desgracias, tremenda resbalosa, infeliz regalada y mujercita de dos por medio. Habrase visto, igualada, ¿a quién se le puede ocurrir que Enrique, mi Enrique, se fuera a fijar en ella? ¿cómo pudo pensar que él se enamoraría de ella?
La profundidad de su razonamiento llevó a Paola a realizar lo que ella llamó “la dulce venganza”. Enterada de la fiesta de cumpleaños de la vecina ya mencionada, se apareció hecha una Miss Universo en la reunión, donde, por supuesto, ya se encontraba la señorita del conflicto. A Paola le bastaron unos minutos para introducir un nuevo tema de conversación, la última obra inaugurada por la empresa constructora donde trabaja Enrique, su novio, con todos sus apellidos, ese con el que tiene un tiempazo, ese que la adora como a nadie más en este mundo.
Y así, feliz de haber soltado la noticia de que ese gran hombre tenía dueña, de que esa dueña era ella y no otra, y de que él la había preferido a ella por encima de cualquier otra rufla, Paola se marchó de la fiesta con una sonrisa de oreja a oreja. Obvio, razones suficientes tenía para sentirse orgullosa de haber resultado la elegida para ser la que aguante a esa joyita. ¿O es que acaso hay que celebrar y sentirse realizada de ser “la firme” cuando está claro que hay “una trampa” (o más)? Tal vez el haber crecido rodeados de telenovelas mexicanas nos ha hecho creer que sí.
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